Buenas Dias...
Hoy es un día muy especial para todos los que estamos aquí presentes, comenzamos un nuevo ciclo lectivo, lo cual despierta para todos distintas sensaciones, algunas de alegría, otras cargadas de un poquito de miedo y ansiedad. Estamos expectantes por conocer nuevos compañeritos, o por el reencuentro con otros que ya han transitado el jardín, también por conocer a las nuevas seños y por saber que nos deparará este nuevo año.
Les damos la bienvenida, los invitamos a que nos acompañen a recorrer juntos está maravillosa etapa que, a veces, se inicia con lágrimas, con angustia, porque sabemos que nos resulta difícil despegarnos de los brazos de mamá y papá, pero sin lugar a dudas se cerrará con sonrisas, canciones, abrazos y nuevos afectos. Por eso deseamos que la palabra bienvenida, no sea solo la palabra del inicio escolar, sino que sea la bienvenida de todos los días del año, a nuestras tareas, a nuestras ganas de aprender, de jugar y compartir.
Para nosotras es una nueva oportunidad de crecer... como docentes, como acompañantes en sus aprendizajes y no se imaginan toda la alegría que sus chiquitos nos ofrecen, es un nuevo desafío en nuestra elección de ser maestras.
"PROGRAMA DE TRABAJO DE RECUPERACION ACADEMICA DE PROYECTOS INSTITUCIONALES II DE RICARDO EFREN
jueves, agosto 02, 2012
¿Te atreverías a dar una definición de lenguaje humano?
Yo definiría el lenguaje como un sistema de representación del pensamiento. Para Humboldt, el lenguaje es el medio por el que el hombre desarrolla sus capacidades, y le permite crear su mundo. Creo que esto es esencialmente correcto: sin lenguaje, el hombre no sería lo que es social o tecnológicamente. El lenguaje permite construir lo que el filósofo escocés Andy Clark ha llamado el pensamiento andamiado, es decir, la construcción de nuevo pensamiento gracias a la existencia de estructuras culturales previas que hacen posible trabajar desde lo ya acumulado sin necesidad de empezar de cero en cada generación. Esa dependencia de lo ya construido es de vital importancia, una reformulación de la vieja idea de que los sabios trabajan a hombros de gigantes. Por tanto, aunque s e suele considerar que el lenguaje es un sistema de comunicación, eso es cierto sólo en parte, porque es otras cosas. El lenguaje ayuda a desarrollar muchas partes de nuestro pensamiento, sobre todo aquellas en las que los conceptos son importantes, aunque no todas ya que hay partes importantes de nuestra mente, como la mente musical, o de los sentimientos, para los cuales el lenguaje es menos útil.
En todo caso, está claro que usamos el lenguaje en la comunicación entre seres humanos, pero la comunicación humana usa muchas otras cosas que no son estrictamente lingüísticas, como el significado de un corte de pelo, o una manera de vestirse, y por otra parte el lenguaje en sí mismo es claramente insuficiente para fines comunicativos. Se necesita mucha información externa, como deícticos que apuntan directamente a objetos presentes en el contexto y otra información contextual, para saber la información, la proposición en términos filosóficos, que quiero transmitir con una oración como Juan vino ayer. Es decir, debemos saber quién es Juan concretamente, cuál es el sitio al que vino (en el que el hablante estaba también), y qué día es en el que se profiere la frase para saber qué queremos decir con ayer. Todas esas cosas no vienen dadas por el lenguaje sino por el conocimiento contextual no lingüístico. En caso contrario, la oración Juan vino ayer no expresa ninguna proposición, ninguna idea susceptible de tener valor de verdad, como sí tendría en cambio (o al menos estaría más cerca de tener) una oración como Juan Marsé, escritor barcelonés autor de Últimas tardes con Teresa entre otras novelas, llegó ayer, miércoles 1 de agosto de 2006, a la ciudad de Nueva York en Estados Unidos de América.
¿Cuáles serían, en tu opinión, los atributos esenciales del lenguaje humano?
Eso depende de a quién le preguntes. Para Chomsky, el lenguaje se define simplemente por ser un mecanismo computacional de la mente (o cerebro) para la generación recursiva de una infinitud discreta, es decir un número potencialmente infinito de oraciones formadas a partir de un número finito de unidades separadas y distintas (lo que se suele conocer como palabras, simplificando mucho). Para Hockett, en cambio, necesitas entre catorce y dieciséis propiedades para distinguir el lenguaje humano de los sistemas de comunicación animal.
Desde mi punto de vista, las posiciones de estos dos lingüistas son extremos, y yo prefiero la tierra media. Por ello, me gustaría destacar cuatro propiedades del lenguaje: primero la infinitud discreta de Chomsky; en segundo lugar algo que hace posible esa primera propiedad y que llamamos composicionalidad, una propiedad sintáctico-semántica que se suele atribuir a Frege según la cual la interpretación de una oración es una función de las partes que la componen y la manera en que éstas se agrupan; en tercer lugar, una gramática que es dependiente del contexto, entendiendo esto no en un sentido pragmático, sino computacional, es decir en términos de la jerarquía de Chomsky, una escala de inclusión que mide el poder computacional de las gramáticas que va desde los gramáticas de estados finitos omarkovianas hasta las máquinas de Turing, y en cuarto lugar la dualidad de estructura de las unidades discretas que conforman el sistema, es decir, la atribución a las palabras (o morfemas) de una estructura a dos niveles, fonológico y semántico.
Creo que esas cuatro propiedades caracterizan adecuadamente al lenguaje.
La primera propiedad ya la has explicado; la segunda, la propiedad fregeana, parece entenderse. ¿Podrías explicar con más detalle las dos últimas propiedades?
Son cuestiones técnicas un tanto abstractas, especialmente la de gramática dependiente del contexto, que es un término que se usa en el estudio de los lenguajes formales, y que Chomsky utilizó para definir la sintaxis de las lenguas naturales. Para simplificar, una gramática es dependiente de contexto si para interpretar un elemento dado necesita conocer el contexto estructural en el que ese elemento aparece. Por ejemplo, un posible lenguaje generado por una gramática dependiente de contexto es dado por la siguiente definición intensional L = {ap : p es un número primo}, es decir, los elementos de ese lenguaje se generan a partir de la a, repetidas tantas veces como la serie de los primos empezando por el 2. Esa gramática produce un lenguaje cuyos primeros elementos, extensionalmente, son: aa, aaa, aaaaa, aaaaaaa,…. Es decir, esta función asigna una imagen sólo en el contexto de que el exponente es un número primo, y por tanto necesita saber si el número al que “elevamos” a es primo, es decir, necesita conocer el contexto.
En cuanto a la otra propiedad, la de la dualidad de estructura, lo que dice es que los elementos formativos de las oraciones, es decir lo que se suele conocer como palabras, aunque el término morfema sería más apropiado, tienen una interpretación a dos niveles, que podríamos igualar con la dualidad saussuriana entre significante y significado. En primer lugar, tenemos un nivel puramente estructural, que es el fonológico, en el cual se ordenan elementos sin significado semántico, pero con significado estructural. El sonido b o una i, por ejemplo, no tienen significado semántico de ningún tipo. Son elementos que forman parte de un continuo de sonido que los humanos clasificamos categóricamente, en función de categorías establecidas en los primeros años de nuestra vida cuando aprendemos nuestra lengua. Ese aprendizaje, por cierto, consiste en eliminar posibilidades fonológicas de otras lenguas del mundo -que el bebé aún está en condiciones de reproducir- y reforzar los sonidos de las lenguas que aprendemos. Por ejemplo, una p y una b se articulan de la misma manera en los labios y en la posición de la lengua en la cavidad bucal. Lo único que varía es el grado de sonoridad, es decir, el grado de cierre de las cuerdas vocales. Si las cuerdas vocales están abiertas oímos una p, pero si las cuerdas vocales están lo suficientemente cerradas para producir fricción en el aire que sube de los pulmones entonces percibimos una b. Ahora bien, esa percepción no es uniforme para todas las lenguas. En español, el grado de cierre de las cuerdas vocales que es necesario para percibir una b, en lugar de una p, es diferente al de un hablante nativo de inglés, que necesita un mayor grado de cierre para percibir esa diferencia. En cuanto al otro nivel de la dualidad de estructura, es aquel en el que asignamos una interpretación semántica a una parte de las posibles agrupaciones fonológicas. En español interpretamos la cadena de sonidos mesa, pero no la cadena emsa. Esta dualidad estructural parece de las propiedades más importantes del lenguaje humano.
Decías que cuando se aprende una lengua de adulto se tiene acento y que es difícil dominarla “salvo en casos muy excepcionales”. ¿Cómo se explican esos casos excepcionales?
Esto depende de condiciones neurológicas innatas… Igual que hay personas que tienen una enorme facilidad para la música, las matemáticas, o el fútbol (incluyendo aquí casos extremos como los de Mozart, Gödel, o Messi), hay personas que tienen gran facilidad para los idiomas. En todas estas habilidades uno puede trabajar mucho y obtener grandes resultados, pero hay puntos con los que has de nacer y que el trabajo no permite alcanzar. La facilidad para los idiomas es una de esas capacidades genéticas. Una teoría para explicarlo es que en los casos de personas con esa capacidad para la adquisición de lenguas en edad adulta casi como nativos, los circuitos neuronales que permiten la adquisición del lenguaje permanecen activos por más tiempo del que es habitual. Para la persona media, esos circuitos neuronales son muy activos en la infancia, pero se deterioran rápidamente a partir de una edad concreta que en general se sitúa en la pubertad. Es lo que se llama el período crítico para la adquisición del lenguaje. Pasado ese período, nuestra adquisición del lenguaje es imperfecta porque como decía Cassirer la primera lengua se interpone. Que este período crítico exista es, si me permites, otro aspecto más de la facultad del lenguaje como un fenómeno natural, biológico, más que cultural. También hay casos opuestos, en los que niños se han visto privados de contactos lingüísticos durante los primeros años de su vida y eso los ha convertido en lo que se suele conocer como niños salvajes, los cuales son inválidos lingüísticos de por vida (si me permites la palabra inválido, que imagino que no debe ser políticamente muy correcta, al menos no lo es en Estados Unidos, donde vivo y donde ese concepto de corrección política es muy importante). Un caso bastante conocido de este tipo de niños salvajes es el de Genie, una niña que había sido mantenida encerrada sin contacto con nadie y privada de lenguaje desde que tenía 14 meses hasta que tenía 13 años por un padre perturbado. En 1970 fue descubierta en Los Ángeles junto con su madre, después de que ambas huyesen del domicilio familiar y la madre intentase cobrar una pensión haciéndose pasar por ciega. Genie presentaba un cuadro de retraso mental generalizado del que en cierta medida nunca ha salido. Fue objeto de muchos estudios científicos (algunos de dudoso carácter ético), y se le intentó enseñar a hablar, aunque sin grandes resultados. Ese fracaso, sin embargo, no tendría por qué estar relacionado con su condición mental general, porque las personas con síndromes de deficiencia mental como el autismo, el síndrome de Down, o el síndrome de Williams, tienen capacidades lingüísticas absolutamente normales, o en algunos casos de síndrome de Williams, incluso superiores a las de la persona media. El problema es que Genie no había tenido ningún input lingüístico en el período en el que el cerebro adquiere el lenguaje, y a los 13 años era seguramente demasiado tarde. Genie aprendió muchas palabras sueltas, pero nunca dominó la gramática. Creo que aún vive, en un sanatorio en California. Hay una película muy conmovedora basada en la vida de Genie. No sé si ha estrenado en España. En inglés se llama Mockingbird don’t sing (el título no es gramatical en inglés). No es una gran película, cinematográficamente hablando, pero sí es bastante fiel a esta historia terrible y estremecedora.
¿Cómo ha surgido la dotación biológica lingüística en los seres humanos?
Este es uno de los temas más en boga de los últimos tiempos en ciencia cognitiva. La respuesta a una pregunta como esta sólo puede darse desde un paradigma de pluridisciplinariedad en el que trabajen juntos lingüistas, filósofos, psicólogos, neurobiólogos, paleoantropó-logos, genetistas, etc. Hay bastante consenso, aunque luego los detalles pueden variar, en que el lenguaje, entendido como dotación biológica, aparece en el desarrollo evolutivo del género Homo con nuestra especie, Homo sapiens, o quizá más correctamente sapiens anatómicamente moderno. Es decir, es la facultad del lenguaje la que nos distingue de otras especies de homínidos, incluyendo aquí a nuestros primos neandertales. En otras palabras, el lenguaje sería lo que nos hace humanos. Nuestros ancestros (Homo habilis, Homo erectus, etc.) ya usaban herramientas, tenían comportamientos sociales desarrollados (como tienen otros primates), tenían ciertas capacidades articulatorias y conceptuales, manos prensiles, posición bípeda, emprendían migraciones, e incluso tenían un cerebro desarrollado (el cerebro del neandertal era mayor que el nuestro, por ejemplo). Todo eso, sin embargo, no les convertía en humanos porque carecían de un lenguaje como el nuestro que permite que todos esos otros puntos tengan un desarrollo exponencial. Es decir, el lenguaje parece una condición de posibilidad de la evolución cultural que nos caracteriza. Hay evidencias paleontológicas y genéticas que sugieren la aparición de las llamadas áreas lingüísticas del cerebro (Broca, Wernicke) en cráneos humanos a partir de unos 200.000 años antes del presente, aunque en esto también hay disputas: para Phillip Tobias esas áreas ya estaban presentes en algunos de los primeros australopitecos, hace unos tres millones de años… En fin, estos son problemas de las explicaciones evolutivas en general, que se basan en un registro fósil incompleto y en deducciones interpretativas difíciles de verificar o falsar.
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